Comentario sobre la figura de Anacleto González Flores en la película la Cristiada.

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Me sorprendió mucho que en una película tan bien cuidada se presentara la figura de Anacleto en una forma un tanto disminuida dado el papel fundamental y el liderazgo que representó el Maestro y luego como jefe civil del movimiento.

Ciertamente que él proponía la lucha no armada, pero su actividad siempre fue de una pasión desbordante y por ello creó la Unión Popular, al fin tuvo que aceptar la lucha porque por su posición no podía abandonar a sus seguidores que eran miles.

Los levantamientos ante el atropello de las fuerzas federales fueron espontáneos e incontenibles, así  lo decía un corrillo popular.

Les anexo cual fue la posición de Anacleto y la narración de su muerte que inexplicablemente en la película aparece muy minimizado.

Señores, pongan cuidado

Lo que les voy a contar;

Se levantaron en armas

Los de la Unión Popular.

 

 

Ya no había posibilidad ni tiempo de explicar la diferencia entre el Ejército Nacional Libertador y La Unión Popular, cuyos miembros se confundían en las montañas. Los levantamientos fueron una respuesta espontánea a las acciones del gobierno que quiso apoderarse de los templos, y en forma valiente la  población rechazó esta medida por ser considerada un atropello. Iniciándose  de esa manera las acciones armadas de defensa.

Con todo su pesar y ante los hechos consumados tuvo Anacleto que asumir su nueva responsabilidad. Reproduciré el dramático y emocionante texto con que el Padre Navarrete recuerda esa última entrevista con “El Maestro” convertido por las circunstancias en “El Jefe”.

“Se habrán dado cuenta ustedes de que nuestra posición de católicos militantes nos ha llevado, casi sin sentirlo, a la crisis obligada que necesariamente hará reflexionar a cada uno de nosotros en el alcance que para la propia vida puede tener una determinación actual. La liga (Nacional de la defensa religiosa) se ha lanzado a la aventura revolucionaria con una determinación que puede ser, más que todo, una verdadera corazonada. Ojala que la intuición haya sido certera. Por mi parte se que tengo decidida mi posición personal, que no puede ser otra que la que parece exigir mi puesto; estaré con la liga y echaré en la balanza todo lo que soy y lo que tengo. Pero me siento obligado delante de ustedes a decir mi mensaje a la posteridad; La Unión Popular no debió ser nunca un organismo cuya misión propia fuera provocar una guerra civil. Mezclados como van ustedes a quedar, demasiado lo sé, en el torbellino de una lucha que recomenzamos hoy acudiendo a la razón de la fuerza, corren el riesgo de olvidar la doctrina: no es la hoja de una espada el mejor sostén para instituciones como la nuestra. Por encima del triunfo o por encima de la derrota del mañana, tenemos que seguir sosteniendo que el problema de México es problema de cultura, de apostolado de civilización. Hoy sin embargo, todo nos empuja a la montaña. Vamos allá. Es mucha cosa la Unión Popular para perderla toda en una aventura en que nos van a dejar solos. Dios haga fructificar este sacrificio colectivo”.

En este punto enlazó su orientación especial para cada uno de nosotros, con palabras y actitudes que se grabaron en mi alma para siempre:

“De sobra sé, que lo que va a comenzar para nosotros es un calvario. Dispuestos hemos de estar a coger y llevar nuestra cruz. A ustedes, los que han querido espontáneamente batir la masa y afrontar conmigo las más difíciles situaciones, los he llamado para plantearles ahora con crudeza el problema tal cual es. Si los convido en este momento a continuar la tarea, no quisiera que alguno estuviera engañado acerca del alcance que tiene tal invitación: los convido a sacrificar su vida para salvar a México. Siento la sagrada obligación de no engañar a ninguno, yo, que soy aquí el responsable de la decisión de todos. Si me preguntara alguno de ustedes que sacrificio le pido para sellar el pacto que vamos a celebrar, le diría dos palabras: Tu sangre. El que quiera seguir adelante, deje de soñar con curules, triunfos militares, galones, brillo y victoria y dominio sobre los demás. México necesita de una tradición de sangre para cimentar su vida libre de mañana. Para esta obra esta puesta mi vida y para esta tradición os pido la vuestra”.

Sobre un crucifijo juramos guardar el secreto de todo lo que entonces y en adelante supiéramos en el ejercicio de las comisiones que se nos encomendaran.

Entre los presentes (Recuerdo que éramos seis o siete) estaban Lauro Rocha, Salvador Álvarez y Nicolás Méndez Suárez.

Nunca tomó Anacleto un arma, pero una vez recibida de Roma la determinación de que siempre era lícita la defensa, cuando no quedaba otro camino, aceptó la coordinación del movimiento.

La familia González Vargas con toda valentía, había dado albergue a Anacleto aún a sabiendas del enorme riesgo que corrían al dar asilo al hombre más buscado por el gobierno. Anacleto no quería ya arriesgar a nadie y por eso “El Maestro” tenía decidido en pocos días más salir a las montañas con los suyos, sin embargo ya no hubo tiempo, los agentes del gobierno toman por asalto la casa mediante un tumulto y a las seis de mañana sorprenden  a Anacleto que hace un intento de salir precipitadamente por el patio trasero  sin darle tiempo apenas de vestirse, crecidas las barbas para tratar de pasar desapercibido, pero es tomado preso. En su odio y llenándolos de insultos se llevan también a tres de los hermanos, Jorge, Ramón y Florencio, a este último lo dejan libre pensando que era menor de edad. Los hermanos Vargas eran jóvenes ejemplares y totalmente comprometidos   con la causa y en las actividades de la ACJM. Su madre lo único que alcanzó a decir a su hijos fue una despedida desgarradora. “Hijos míos, hasta el cielo”

 Cuando llegan al cuartel colorado se encuentran con que también habían aprendido a Luis Padilla, Secretario de la Unión Popular, hombre de extraordinaria religiosidad, entregado totalmente a la causa a quien habían tomado preso en su propio dormitorio mientras descansaba plácidamente. Ciudadanos extraordinariamente comprometidos con la causa de la libertad.

Había llegado la hora de la gran prueba, momento del que sólo se puede salir victorioso cuando ha existido una gran congruencia de vida, cuando se ha vivido lo que se ha predicado. Tal vez en el recorrido iría pronunciando Anacleto la oración que él mismo había compuesto y que muchos cristeros pronunciarían después en los campos de batalla:

¡Jesús Misericordioso! Mis pecados son más que las gotas de sangre que derramaste por mí. No merezco pertenecer al ejército que defiende los derechos de tu Iglesia y que lucha por ti. Quisiera nunca haber pecado para que mi vida fuera una ofrenda agradable a tus ojos. Lávame de mis iniquidades y límpiame de mis pecados. Por tu santa Cruz, por mi Madre Santísima de Guadalupe, perdóname, no he sabido hacer penitencia de mis pecados; por eso quiero recibir la muerte como un castigo merecido por ellos. No quiero pelear, ni vivir ni morir, sino por ti y por tu Iglesia. ¡Madre Santísima de Guadalupe!, acompaña en su agonía a este pobre pecador. Concédeme que mi último grito en la tierra y mi primer cántico en el cielo sea: ¡Viva Cristo Rey!”

 Anacleto aceptó su responsabilidad de estar luchando por la libertad de México, y fue interrogado sobre el paradero del Arzobispo de Guadalajara y otros líderes del movimiento. Con dignidad se negó a revelar cualquier secreto y el general Ferreria ordenó torturarlo, no mediando juicio alguno sino una farsa de consejo de guerra sumarísimo, como se acostumbraba hacer en la época supuestamente regida por una constitución que estos bárbaros decían obedecer. Colgado de los pulgares fue golpeado e insultado, como esto no daba resultado se continúo se le cortaron con una navaja las plantas de los pies y al bajarlo con un golpe le fracturaron el hombro.

Con la ayuda de Dios se mantuvo con toda dignidad. Sentenciado a muerte su respuesta fue:

“Una sola cosa diré; y es: que he trabajado con todo desinterés por defender la causa de Jesucristo y de su Iglesia. Vosotros me mataréis, pero sabed que conmigo no morirá la causa. Muchos están detrás de mi dispuestos a defenderla hasta el martirio. Me voy, pero con la seguridad de que veré pronto, desde el cielo, el triunfo de la religión en mi patria”

Anacleto pidió que se fusilase primero a sus compañeros para consolarlos y darles ánimo hasta el momento final. Luís Padilla quería un sacerdote para confesarse, pero Anacleto muy consciente de las circunstancias le dice: “No hermano, ya no es tiempo de confesarse, sino de pedir perdón y perdonar. Es un Padre, y no un Juez, el que te espera. Tu misma sangre te purificará.”. Pidiendo unos minutos para orar  Luis fue ejecutado. Anacleto se dirigió al general Ferreira en un último gesto de heroísmo cristiano y le dijo: “General, perdono a usted de corazón, muy pronto nos veremos ante el tribunal divino; el mismo Juez que me va a juzgar será su juez, y entonces tendrá usted en mí, un intercesor con Dios.” Dirigió unas palabras a los soldados, y como estos impactados por la fuerza espiritual de este hombre se negaron a disparar, el general haciendo una seña  a un capitán que estaba cerca de Anacleto hundió una bayoneta en su costado para que ya caído le dieran el tiro de gracia, pero antes alcanzó a pronunciar estas célebres palabras:

Por segunda vez oigan las Américas este santo grito; Yo muero, pero Dios no muere. ¡Viva Cristo Rey!

A los treinta y ocho años, muere, ya no pudo ni necesitó recibir la Eucaristía, pues ya se encontraba ahora en la presencia de Aquél a quien había consagrado su vida y su obra. Su pequeño hijo resumió el drama de toda una vida con las siguientes palabras: “Unos hombres malos lo mataron porque amaba mucho al niño Jesús”

Pese a las advertencias policíacas una multitud acudió al sepelio, en el silencio muchos en sus corazones estarían escuchando las palabras del maestro: “El mártir es y ha sido el primer ciudadano de una democracia extraña e inesperada, que en medio del naufragio de la violencia arroja su vida para que jamás se extingan ni su voto ni su recuerdo” años después fue trasladado su cuerpo al santuario de Guadalupe con una valla de honor, en donde descansa con su amigo Miguel Gómez Loza.  

Al llegar el papá de los hermanos Vargas y empezar a recibir las condolencias dijo: “No me den el pésame, más bien felicítenme porque ya tengo dos hijos en el cielo”. Así de extraordinarias y de heroicas eran esas familias.

Domingo 20 de noviembre del 2005, el Estadio Jalisco empieza a llenarse  de personas, la tarde es espléndida, es día de la Revolución Mexicana y coincide con la fiesta de Cristo Rey. Nadie de los asistentes está en espera del inicio de un partido de fútbol, sino de una magna ceremonia de  reconocimiento y de reivindicación de la justicia. La ceremonia se llama Beatificación de Anacleto González Flores y sus compañeros mártires. Trece mártires fueron beatificados por el cardenal José Saraiva Martens, prefecto de la congregación de los santos, son diez laicos y tres sacerdotes, todos muy virtuosos, todos comprometidos con las causas de la libertad.

Los mexicanos necesitamos ejemplos como éste que nos permitan recobrar la esperanza en nosotros mismos. Los jóvenes necesitan sentir que hay una vocación trascendental que va ligada a algo más que ha conseguir una posición económica, política o social, para realizarse como personas y contribuir así al desarrollo de México.