Científico camino a los altares

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¿Se puede ser un connotado científico y a la vez hombre santo?, ¿no están peleadas la santidad y la religiosidad con la ciencia?, ¿no se trata de dos esferas, no solo ajenas e impermeables entre sí, sino también antagónicas? Preguntas como estas, y muchas más surgen, cuando uno se entera que uno de los más prestigiosos genetistas del siglo XX está en proceso de canonización, es decir, camino a los altares, y si todo sigue su curso, en un futuro no muy lejano podremos invocarlo como santo, es decir, va a ser una verdad de fe afirmar que el otrora científico prominente, ahora goza ya de la visión de Dios en el cielo.

Lejeune no precisa presentación; quizá la imagen que nos ofrece una idea cabal de su importancia, sea la de Juan Pablo II, rezando en su tumba, en Francia, durante su viaje para presidir la Jornada Mundial de la Juventud en París, en 1997. Diez años más tarde comenzó su proceso de canonización, y apenas el 12 de abril del presente año, ha concluido positivamente la parte diocesana del proceso.

Santos hay muchos en el cielo, la mayoría de ellos desconocidos, la Iglesia sin embargo reconoce algunos pocos, entre otros motivos, por el ejemplo que ofrecen a los hombres del momento presente. Lejeune, en este aspecto, sería un gran santo, porque su vida y su obra aportan un mensaje muy valioso al hombre contemporáneo. Laico, esposo, padre ejemplar, y particularmente, científico afamado. Lejeune une, con la sencillez y el atractivo de la vida, lo que para muchos está dividido: fe y ciencia; aquello que para muchos representa una disyuntiva excluyente, él lo armoniza maravillosamente, siendo su vida testimonio a la vez elocuente y convincente, de que esa armonía no es una bella teoría, o un buen deseo, sino una realidad atrayente y exigente a la vez.

Lejeune alcanza renombre mundial por su descubrimiento del Trisomía 21, causante del síndrome de Down. Posteriormente se dedica a tratar a los pacientes de este mal, y a buscar su cura. Sin embargo, por motivos ideológicos, no recibe el reconocimiento que merecían sus descubrimientos científicos: coherente con sus principios salta a la palestra de la defensa de la vida, con altura intelectual, en el preciso momento en que comienzan a desatarse las campañas para legalizar el aborto en Europa y Estados Unidos. No le retrae el precio que podría pagar por manifestar abierta y decididamente su postura, pudiendo guardar un prudente silencio; para él dicho “oportuno” silencio, sería en realidad un silencio culpable, un silencio cobarde, y no cede a la tentación.

Por ejemplo, en 1971, dirigiéndose al National Institute for Health de Estados Unidos, afirmó claramente, refiriéndose al aborto: “ustedes están transformando su instituto de salud en un instituto de muerte”. Era muy consciente de las consecuencias que aquellas palabras, a la par “políticamente incorrectas” y valientes podían traerle. Poco después envió un mensaje a su madre diciendo: “Hoy he perdido mi Premio Nobel”. No le faltó el coraje necesario para estar dispuesto a sufrir un injusto perjuicio, con tal defender la verdad, su conciencia, y lo más importante, la vida ajena e inocente. Fue, en consecuencia, un hombre que no supeditó sus principios morales al éxito profesional, y que no cultivó el saber científico al margen de la ética: por ello el mensaje de su vida ofrece el atractivo de una radical oportunidad para el hombre contemporáneo, tantas veces vacilante y dubitativo, cobarde en estas lides.

Aquí la oración para su devoción privada: “Oh Dios, que has creado al hombre a tu imagen y le has destinado a compartir Tu Gloria, te damos gracias por haberle dado a tu Iglesia el profesor Jerónimo Lejeune, eminente servidor de la vida. Él supo poner su penetrante inteligencia y su fe profunda al servicio de la defensa de la vida humana, especialmente de la vida en gestación, en el incansable empeño de cuidarla y sanarla. Testigo apasionado de la verdad y de la caridad, supo reconciliar, ante los ojos del mundo contemporáneo, la fe y la razón. Concédenos por su intercesión, según tu voluntad, la gracia que te pedimos, con la esperanza de que pronto sea contado entre el número de tus santos.
Amén
”.