Cielo e infierno

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Lo que realmente importa es llegar al Cielo y ser felices por la eternidad;

para ello hay que pasar por trabajos, tribulaciones y pruebas ya que no estamos en el paraíso terrenal sino en pleno campo de batalla. El libro del Apocalipsis dice que los que están delante del Cordero, esto es, de Jesús “son los que han venido de una tribulación grande, y lavaron sus vestiduras y las blanquearon con la sangre del Cordero” (Apoc 7,14); es decir, los que confesaron sus pecados con verdadero arrepentimiento.

El Cielo es indescriptible. San Josemaría Escrivá decía: Dios no actúa como

un cazador, que espera el menor descuido de la pieza para asestarle un tiro.

Dios es como un jardinero, que cuida las flores, las riega, las protege; y

sólo las corta cuando están más bellas, llenas de lozanía. Dios se lleva las

almas cuando están maduras... Vamos a pensar lo que será el Cielo, decía San

Josemaría Escrivá, y traía a colación lo que dice el Evangelio: Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para los que le aman. ¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestros corazones, que sacia sin saciar? Yo me pregunto muchas veces al día: ¿qué será cuando toda la belleza, toda la bondad, toda la maravilla infinita de Dios se vuelque en este pobre vaso de barro que soy yo, que somos todos nosotros? Y entonces me explico bien aquello del Apóstol: ni ojo vio, ni oído oyó... Vale la pena, hijos míos, vale la pena

Somos débiles pero no hemos de cambiar la primogenitura por “un plato de lentejas”, esto es, por el placer de un momento, por un pecado capital.

Hay quien se juega el Cielo sobre todo por desconfiar de la misericordia de

Dios.

Un amigo se preguntaba: ¿Cómo será el cielo? E imaginaba: Allá los cocineros

son franceses; los mecánicos, alemanes; la policía es inglesa; los enamorados, italianos; y todo está organizado por una agencia turística suiza. En cambio en el infierno, los cocineros son ingleses; los enamorados, suizos; la policía es alemana; los mecánicos, franceses y la agencia turística que organiza es italiana.

El cura de Ars solía decir: “Si alguien le dijera: Me gustaría ser rico.

¿Qué hay que hacer? Usted respondería: Hay que trabajar. Pues para ir al

cielo hay que sufrir”. Añadía: “Los más felices en este mundo son los que tienen el alma en calma: en medio de las penas de la vida, prueban la alegría de los hijos de Dios. Todas las penas son dulces cuando se sufre en unión con Nuestro Señor”.

Infierno. “Hay quienes pierden la fe y ven el infierno sólo cuando entran en él (...) El infierno tiene su origen en la bondad de Dios. Los condenados dirán: ¡Oh!, si al menos Dios no nos hubiera amado tanto, sufriríamos menos.

¡El infierno sería soportable! ¡Pero, habernos amado tanto! ¡Qué sufrimiento!”, dice el famosísimo Cura de Ars , experto en estos temas.

Cuando en Roma, Miguel Ángel pintaba el juicio final en la Capilla Sixtina, un camarero del Papa llamado Blas de Cesena, opinó desfavorablemente sobre

la obra del artista. Miguel Ángel se vengó pintándolo entre los réprobos y representándolo con una serpiente arrollada al cuerpo. Cesena pidió al Papa

que ordenara borrar del fresco esa figura que le deshonraba. Preguntó el

Pontífice:

— ¿Dónde te ha puesto?

— En el Infierno.

.Entonces —observó el Papa—, no puedo complacerte. Ya sabes que del

Infierno nadie sale.

Deseamos ser felices. Deseamos una eternidad de amor, pero “por una

blasfemia, por un mal pensamiento, por una botella de vino, por dos minutos

de placer. ¡Por dos minutos de placer perder a Dios, tu alma, el cielo...

para siempre!”, decía San Juan Bautista María Vianney, el Cura de Ars (Francia). También decía:

“El que vive en el pecado toma las costumbres y formas de las bestias.

La bestia, que no tiene capacidad de razonar, sólo conoce sus apetitos;

del mismo modo el hombre que se vuelve semejante a las bestias pierde la

razón y se deja conducir por los movimientos de su cuerpo. Un cristiano, creado

a imagen de Dios, redimido por la sangre de Dios... ¡Un cristiano, objeto

de las complacencias de las tres Personas Divinas! Un cristiano cuyo

cuerpo es templo del Espíritu Santo: ¡he aquí lo que el pecado deshonra! El

pecado es el verdugo de Dios y el asesino del alma...” .

“Si los pobres condenados tuviesen el tiempo que nosotros perdemos, ¡qué

buen uso harían de él! Si tuviesen sólo media hora, esta media hora despoblaría el infierno. Si dijéramos a los condenados que están en el infierno desde hace tiempo: Vamos a poner a un sacerdote a la puerta del infierno. Los que se quieran confesar, sólo tienen que salir, ¿quedaría alguien? Quedaría desierto, y el cielo se llenaría. ¡Tenemos el tiempo y los medios que ellos no tienen! (...) ¿Por qué los hombres se exponen a ser malditos de Dios?”. Y continúa: “Cuando vamos a confesarnos, debemos entender lo que estamos haciendo. Se podría decir que desclavamos a Nuestro Señor de la cruz. Algunos se suenan las narices mientras el sacerdote les da la absolución, otros repasan a ver si se han olvidado de decir algún pecado... Cuando el sacerdote da la absolución, no hay que pensar más

que en una cosa: que la sangre de Dios corre por nuestra alma lavándola y

volviéndola bella como era después del bautismo” .

A los condenados Dios no los conoce, o reconoce. La gente en el infierno no

tiene nombre.

Nunca podremos conocer completamente en esta vida los efectos de nuestra

actuación, el buen ejemplo o el escándalo causado, en las personas que nos

han rodeado.

El Concilio Vaticano II nos recuerda: “No olviden todos los hijos de la Iglesia que su excelente condición no deben atribuirla a los méritos propios, sino a una gracia singular de Cristo, a la que, si no responden con pensamiento, palabra y obra, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad” , porque “mucho se exigirá al que mucho ha recibido” (Lucas 12, 48).