Cenizas en la mar

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“¿Por qué no?, ¿qué tiene de malo?, al fin y al cabo fue su último deseo”. Recientemente, una personalidad conocida en el mundo del espectáculo peruano, no fue “enterrada”, sino “amarizada”; sus cenizas fueron depositadas en el mar, según había pedido en su testamento. En otras ocasiones, algunas personas optan por quedárselas en casa: “tenemos a la abuela en la sala, nos acompaña siempre, nos sirve para recordarla con cariño”. Finalmente, también sucede que no hay consenso sobre el destino de los restos mortales, y en lo que se dirime la querella (en ocasiones años) el abuelo, en el mejor de los casos preside la sala de estar, cuando no termina arrumbado en la covacha de la casa, lo que la verdad resulta patético.
La Iglesia ha recomendado siempre enterrar a los difuntos, lo considera una obra de misericordia y de respeto hacia los restos mortales de alguien, creado a imagen y semejanza de Dios,  que en su momento está destinado a resucitar. La doctrina de la Iglesia afirma sin miedo la vocación del cuerpo a la vida eterna y la profunda unidad del hombre, que resalta la dignidad corpórea del ser humano. De ahí la importancia, por ejemplo, del pudor y la elegancia en el vestir, así como la malicia de la pornografía y la banalización del sexo. Durante mucho tiempo mostró recelo por la incineración, debido a las causas intelectuales de ese proceder: refutar el dogma de la resurrección de los cuerpos, o aceptar tácitamente la doctrina platónica en la que el cuerpo es considerado cárcel del alma.
Ahora lo que pide la Iglesia es que se respete al cuerpo de la persona, que no se desprecie la doctrina de la resurrección, ni se menosprecie lo corpóreo en aras de un falaz espiritualismo. Esas actitudes de fondo: respeto, cariño, fe en la resurrección, ciertamente son compatibles con las conductas antes descritas: quedarse en casa con las cenizas o esparcirlas por el mar. Sin embargo, algo sugiere –por lo menos a mí- que no es lo más adecuado.
Quedarse con las cenizas en casa, simplemente porque no nos ponemos de acuerdo donde depositarlas, o por carecer de medios para el camposanto deseado (hasta en eso hay clases y se puede meter cierto esnobismo), es a todas luces, lamentable, y una falta de respeto y delicadeza a la memoria del difunto. Quedárselo en casa, en cambio, por motivos sentimentales, resulta quizá más comprensible, pero también más patológico: supone no superar al duelo, lo que equivale a no dejarlo descansar en paz. El problema en este caso no es con el difunto, al que no sólo se respeta, sino quizá se quiere en forma enfermiza, obsesiva. Psicológicamente, por lo menos, supone no ser capaz de cambiar de página, de aceptar lo ocurrido, de seguir adelante con la vida, y simular una presencia que en realidad no es tal. Por ello no es recomendable, más que por deferencia al difunto, por higiene mental.
La deposición de las cenizas en el mar, si bien puede parecer poética y evocativa, una concesión a la belleza y el sentimiento, ofrece quizá mayor reparo. Alguien puede pensar, que al fin y al cabo, lo mismo da ser cubierto por tierra, que por agua, ambos elementos primordiales de la naturaleza; da lo mismo se comido por gusanos que por peces, y en general, ningún columbario puede igualar, por ejemplo, la belleza de un arrecife de coral.
Sin embargo, sutilmente puede introducirse, en la motivación que orilla a tales conductas, una mentalidad extraña en su origen al cristianismo. Se adivina la presencia de actitudes difusamente consideradas New Age, o por lo menos afines a esta doctrina. Un ecologismo para el cual el hombre es un elemento más de una naturaleza, que adquiere visos de personalidad y de totalidad. Cierta simpatía con doctrinas orientales, principalmente de corte budista, con las  que la religiosidad de la Nueva Era coquetea…
La perspectiva cristiana, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, que fue sepultado para resucitar, prefiere en este sentido, el rico simbolismo del entierro: viene a ser como la postrer manera de identificarse con Él, y una practica cultural que confiesa la vocación a la vida eterna de la que participa el cuerpo humano, más cuando se ha alimentado en su vida del Cuerpo Glorioso de Jesucristo en la Eucaristía.