El celibato sacerdotal y el matrimonio

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Como fruto de un artículo que escribí recientemente, junto con felicitaciones me han expresado dudas sobre la necesidad del celibato sacerdotal. Quiero ayudar a aclarar esas dudas, precisamente desde la perspectiva del matrimonio.

Se necesita entender el matrimonio para entender el celibato. Otra gran paradoja de la vida, ¿no crees?     “El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural. Sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, dice San Pablo (Efesios V, 32),” -Es Cristo que pasa n. 22-. Creo que aquí empieza toda la incomprensión del celibato sacerdotal. No se entiende el matrimonio.

Recuerdo un consejo de labios de una madre de familia que le decía a su hijo: puedes tener novia cuando tengas algo que ofrecer. La buena madre no se refería solamente a la cuestión financiera, pues agregaba….  cuando seas un hombre. En estas palabras se encierran muchos factores, pero un verdadero hombre es quién es dueño de sí mismo, y por tanto capaz de de amar.  Que alegría cuando encontré el siguiente comentario de Benedicto XVI: "En Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor, sino solamente la fe que actúa por la caridad" (Ga 5, 6). En consecuencia, por una parte, están las "obras de la carne" que son "fornicación, impureza, libertinaje, idolatría..." (cf. Ga 5, 19-21): todas obras contrarias a la fe; y, por otra, está la acción del Espíritu Santo, que alimenta la vida cristiana suscitando "amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí" (Ga 5, 22-23): estos son los  frutos  del Espíritu que brotan de la fe.
Al inicio de esta lista de virtudes se cita al ágape, el amor; y, en la conclusión, el dominio de sí. En realidad, el Espíritu, que es el Amor del Padre y del Hijo, derrama su primer don, el ágape, en nuestros corazones (cf. Rm 5, 5); y el ágape, el amor, para expresarse en plenitud exige el dominio de sí. Sobre el amor del Padre y del Hijo, que nos alcanza y transforma profundamente nuestra existencia, traté también en mi primera encíclica:  Deus caritas est. Los creyentes saben que en el amor mutuo se encarna el amor de Dios y de Cristo, por medio del Espíritu. (Audiencia general 26 noviembre 2008.)
Agrego nueva cita     “Pues en este reino de los hombres -les comentaba con la experiencia que provenía de mi abundante labor como sacerdote-, para una persona normal, el tema del sexo ocupa un cuarto o un quinto lugar. Primero están las aspiraciones de la vida espiritual, la que cada uno tenga; inmediatamente, muchas cuestiones que interesan al hombre o a la mujer corriente: su padre, su madre, su hogar, sus hijos. Más tarde, su profesión. Y allá, en cuarto o quinto término, aparece el impulso sexual” (Amigos de Dios, n. 178).

Espero que ya nos vayamos entendiendo. Tenemos que reconocer que vivimos en un ambiente erotizado, y eso se contagia como por ósmosis. Hay una verdadera campaña para echar a perder a la sociedad en este sentido, pornografía, moda, anuncios comerciales, centros de vicio, etc. Comprendo perfectamente que haya tantas personas que no entiendan el celibato apostólico, no solo para sacerdotes, sino para los religiosos y para gente que vive inmersa en las actividades profesionales. A más de uno le parecerá difícil  entenderlo así. Afortunadamente no faltan ejemplos y muchos de quienes sí lo entienden.

Dos casos, aunque el primero nos pueda parecer ya de otra época: el padre de Benedicto XVI a sus 40 años pensó que ya era tiempo de buscar una buena mujer para casarse. Pone un anuncio en una pizarra de la Parroquia donde asistía a Misa, diciendo: gendarme de 40 años busca esposa, que sea católica practicante y que sepa cocinar. No pasó mucho tiempo para que se reportara la madre de nuestro Papa. Resultado, sólo pudieron tener 3 hijos y todos abrazan el  celibato, dos sacerdotes y la hija que decide dedicarse a cuidar de sus hermanos. Increíble, pero cierto. No te puedo dar nombres, pues sé que les disgustaría mucho,  pero conozco a un matrimonio de nuestra época que tienen 14 hijos y todos viviendo el celibato por amor al reino de los cielos.

En nuestra sociedad estamos muy lejos de que el sexo ocupe su cuarto o  quinto lugar de importancia, pero hemos de proponérnoslo, y pensar que algún día  se verá el matrimonio como lo que es una vocación a la santidad (después de todo es un sacramento), y se podrá entender el celibato sacerdotal y apostólico.