La Busqueda del Santo Grial

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La Edad Media era cristocéntrica. Uno de los intereses del hombre medieval era encontrar el cáliz que Jesús usó en la Última Cena: el Santo Grial, por eso gran parte de la literatura medieval gira en torno a la búsqueda del Santo Grial.

Este cáliz no pudo ser olvidado tras la muerte del Redentor, tanto más cuanto los discípulos se reunieron varias veces en el Cenáculo. Así se explica el que el Santo Cáliz apareciese en Roma, llevado según la tradición desde Jerusalén por San Pedro. Transcurrieron, pues, dos siglos y medio en los que existen claros indicios de que el cáliz fue utilizado por los pontífices para celebrar la Eucaristía. Según ha indicado Salvador Antuñano –mexicano residente en España-, «lo que más impresiona al investigador es que el canon litúrgico romano de los primeros Papas, en el momento de la consagración, decía textualmente: "tomando este glorioso cáliz", refiriéndose a "este" solamente».

Si ese cáliz es el que se conserva en Valencia, se trata de una copa propiamente dicha, a la que se le ha añadido una estructura de oro con dos asas que los une. El conjunto mide 17 centímetros de altura. La copa es de forma semiesférica, con un diámetro de 9 centímetros y constituida por ágata, de color rojo oscuro, cuyo estudio arqueológico muestra que fue labrada en su taller de Palestina o Egipto entre el siglo IV a.C. y el primero de nuestra era (Cfr. http://www.apologetica.org/grial.htm). Pero Ana Catarina Emmerick dice que el Santo Grial fue una copa de metal, que usó Melquisedec para ofrecer pan y vino a Dios, y que posteriormente la usó Jesucristo en la Última Cena: dice que la original es la pura copa sin el pié La descripción que da la copa, descartaría que la de Valencia fuera la auténtica.
El Santo Cáliz con que Cristo celebró la Última Cena habría sido utilizado también por José de Arimatea para recoger la sangre del Salvador en el Gólgota. Después la leyenda agrega que José de Arimatea fue uno de los trece discípulos que San Felipe envió a Inglaterra. Llegado a este punto, es evidente que la leyenda se sitúa ya en terrenos míticos donde no puede seguirse el rastro de la reliquia de una forma objetiva. Glastonbury fue efectivamente una abadía fundada en el siglo VII sobre un antiguo emplazamiento de culto céltico. Allí se dijo que habían sido enterrados el Rey Arturo y su mujer Ginebra, cuyas tumbas serían encontradas en torno a 1190.
En cualquier caso, esta no es la única versión, y a partir del momento en que José de Arimatea partió de Jerusalén con el cáliz, otras historias le confieren diferentes destinos. Un castillo del monte Muntsalvach (que algunos han querido identificar con Montserrat, y otros con el francés Mont Saint Michel) habría sido testigo de los prodigios del cáliz. Allí el guardián del Grial, llamado Rey Pescador, se hizo una herida en el muslo con la lanza que el soldado Longinos utilizó para atravesar el costado de Cristo.
Las historias de los caballeros de la Mesa Redonda abundaron en el mito, narrando cómo la santa reliquia se les había aparecido en una de sus reuniones cubierta por un velo, y prendados de su valor, los caballeros partieron en su busca abandonando el círculo que los había mantenido unidos.
Chrétien de Troyes, Wolfram von Eschenbach y algunos otros autores medievales aportaron a la búsqueda del Grial un significado espiritual. Tan pronto como se popularizó la leyenda del Santo Grial, aparecieron por todas partes multitud de cálices que pretendían ser el único verdadero, y todos ellos se rodearon de sus propias historias justificando su origen y su santidad.
La Catedral de Valencia posee el grial de mayor devoción en España. Según esta tradición, el cáliz habría sido conservado por Pedro y los siguientes papas de la iglesia que durante algo más de dos siglos lo utilizaron para consagrar la eucaristía. Ante lo inmediato de su martirio en la persecución que el emperador Valeriano desencadenó contra los cristianos, el papa Sixto II se lo habría confiado, hacia el 258, a su diácono Lorenzo. Antes de ser también martirizado, el discípulo del ya mártir Sixto II envió el cáliz a Huesca, donde había nacido, acompañado por una carta.
Para protegerla de la invasión musulmana, el obispo Auduberto escondió la reliquia en una cueva que habitaba el ermitaño Juan de Atarés, y donde posteriormente sería fundado el monasterio de San Juan de la Peña. De allí se lo llevó en 1399 Martín el Humano, Rey de Aragón, que lo custodió en la Aljafería de Zaragoza hasta que Alfonso el Magnánimo lo llevó primero a su Palacio del Real y posteriormente a la Catedral de Valencia en 1437. Desde 1914, el cáliz valenciano recibe el culto en la Capilla del Santo Cáliz.
La pieza de Valencia fue fabricada en ágata o cornalina oriental de color rojo, con un pie de concha del mismo color, y vara y dos asas de oro primorosamente labradas. Las incrustaciones de perlas y piedras preciosas fueron añadidas ya en la Edad Media. Los arqueólogos sitúan su origen en Palestina o Egipto, en una época que podría estar comprendida entre los siglos IV a.C. y I d.C.
Es una constante, en todos los presuntos griales que se conservan, que su historia particular explique de una u otra forma cualquier posible objeción a su autenticidad. Así, la duda que podría plantear el que un humilde carpintero de Nazaret dispusiera para su cena de una pieza de tanto valor como ésta, se salva citando algunas fuentes según las cuales el "hombre de familia" que prestó a Cristo la estancia para su celebración sería un acaudalado noble llamado Chusa.
Según Antuñano, «cuando se desvela el misterio del Grial, uno se da cuenta de que no tiene nada de enigma esotérico, aunque lo que encierra es la historia más dramática, romántica y sublime que la humanidad ha vivido: la historia del Verbo hecho Hombre y Eucaristía».