Bodas de fuego

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 María Consuelo hace más de quince años que enviudó. Ella tiene en torno de los 70 años de edad y una familia compuesta por seis hijos, uno de ellos murió cuando apenas contaba con un año de vida. La muerte de su hijo fue muy dolorosa, sin embargo, cuando estaban velando al niño se acercó una comadre y le dijo al oído: ¡Conchita! Aunque la muerte de un hijo duele mucho, no se compara con la muerte del marido. Esto le pareció incomprensible, pero el tiempo le ha venido a dar la razón a aquella comadre. Conchita me explica que el matrimonio es un regalo de Dios para aquellos que están dispuestos a amar, para los egoístas es un corsé que no les deja respirar, tal vez por eso se escuchan opiniones tan extremas con respecto al tema. Cada uno habla desde su propia experiencia. Ella me decía que su vida y la de su esposo se fueron uniendo como dos leños en una hoguera hasta el punto de formar ambos una sola llama. Lo denominaba bodas de fuego, porque ya no podían estar uno sin el otro. Las diferencias servían para conocerse mejor y esto es indispensable para después amarse como realmente son cada uno, sin maquillajes ni disfraces. ¡Qué hermoso es escuchar todo esto en nuestros días!