Barack decepción Obama

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Obama ha decidido que el embarazo es una enfermedad: obligará a las instituciones católicas a financiar los derechos reproductivos de sus empleados. Los obispos confirman que desobedecerán “las leyes intrínsecamente malas” de “un presidente decepcionante”. 

El pasado mes de agosto, los obispos estadounidenses se llevaron las manos a la cabeza al conocer el borrador del reglamento de la Ley de Reforma Sanitaria presentada por Barack Obama. De aprobarse la norma proyectada por la Casa Blanca, todos los empleadores católicos de los Estados Unidos estarían obligados a contratar seguros de salud para su plantilla que deberían incluir, entre otras prestaciones “preventivas”, la píldora abortiva, la contracepción y hasta la esterilización. Eso se traduce en que, por ejemplo, la sociedad que gestiona un comedor de beneficencia o un hospital católico estaría obligada a contemplar el embarazo como una enfermedad y sufragar los mal llamados “derechos reproductivos” de sus trabajadores. 

Los obispos volvieron sus ojos hacia el presidente de la Conferencia Episcopal estadounidense, el arzobispo de Nueva York, Timothy Dolan; un sabio conservador que habla español y que combina la crítica hacia Obama con unas buenas relaciones con altos cargos del Partido Demócrata. Tampoco es extraño. Los demócratas son una formación que sabe que en un país de mayoría baptista y pentecostalista en el que hay millones de luteranos y presbiterianos conservadores, no hay nada mejor para equilibrar fuerzas que contar con el voto católico.

Malpensados

El arzobispo Dolan pidió una reunión urgente con el presidente de los Estados Unidos y la Secretaría le citó para principios de noviembre. Dos meses parece mucho tiempo, pero las señales que enviaban los demócratas a la Conferencia Episcopal no podían ser más favorables. El borrador afectaba no solo a la libertad religiosa, sino también a la libertad de conciencia, y Obama podía ser un abortista convencido (que lo es: el hawaiano jamás entra en otra consideración que no sea que el aborto es un derecho de la mujer), pero se le conocían unas declaraciones de 2008 en las que aseguró que “se equivocan los laicistas cuando piden a los creyentes que dejen su fe a la puerta antes de entrar en la esfera pública”.

Quizá por eso se pensó, mal, que los demócratas alargarían la cláusula de exención que contenía el reglamento de Sanidad.

Esa cláusula exoneraba de la obligación de contratar tales seguros a aquellas organizaciones religiosas que presten servicio solo a miembros de su propia confesión y tengan como único objetivo la enseñanza de valores religiosos. La excepción era magnífica para musulmanes, testigos de Jehová o adventistas del Séptimo Día; pero perversa para los católicos, que jamás discriminan a la hora de prestar servicio o ayuda. En aquel momento, los obispos consideraron que esa norma no la pasarían “ni siquiera Jesús y sus apóstoles”. No era, y no es, una exageración.

Sin embargo, la reunión de noviembre entre Obama y el arzobispo Dolan fue, según describió el prelado, “increíblemente amistosa”. Dolan llegó a afirmar que “el presidente se mostró tajante a la hora de asegurar que, para él, la protección de la libertad de conciencia es sagrada y que, por lo tanto, su Administración no hará nada que impida el trabajo de la Iglesia (católica), que él tanto estima”. Aliviados, los obispos estadounidenses cerraron la herida. El resto de las confesiones, incluso metodistas y episcopalianos (siempre tan demócratas ellos), y a excepción de las sectas -que disfrutaban de la cláusula que antes comentamos-, también sintieron cierto alivio.

Traición

Quien no lo sintió fue el papa, quien el 6 de enero anunció que nombraba cardenal al arzobispo Dolan. Obama se las tendría que ver con un príncipe de la Iglesia. A mediados de enero, alguien filtró a la Secretaría de Estado del Vaticano que la resolución final de Obama podía suponer un serio revés para la Iglesia en los Estados Unidos. Con urgencia, el mismo 19 de enero, el papa se dirigió a los obispos estadounidenses y los exhortó a que se preparasen para contrarrestar los “preocupantes intentos de limitar la más querida de las libertades americanas, la libertad religiosa [...] así como las amenazas al derecho a la objeción de conciencia a personas e instituciones católicas que no quieran intervenir en prácticas intrínsecamente malas”.

Un día después, la exgobernadora de Kansas, Kathleen Sebelius, secretaria de Salud de la Administración Obama y nacida católica (ver apoyo), confirmaba los malos presagios. Eso sí, en un gesto mitad electoralista, mitad condescendiente, fechaba en el 1 de agosto la entrada en vigor de la norma... y un año de aplazamiento a partir de ese día para que las organizaciones religiosas se adaptaran a la nueva norma.

El cardenal (nombrado) Dolan se quedó de una pieza. En una durísima columna en el Wall Street Journal -la biblia laica de los conservadores- no solo revelaba el contenido de su reunión con Obama, sino que afirmó que se sentía “muy decepcionado personalmente” (otra forma de decir “traicionado”). En su artículo, Dolan escribió que “la Iglesia Católica defiende la libertad religiosa, incluida la libertad de conciencia, para todos. Los amish no tienen seguro médico y el Gobierno respeta sus principios. Los practicistas (de Mary Baker Eddy) aspiran a curar solo por el poder de la oración y la Ley de Reforma Sanitaria respeta su particularidad. Los cuáqueros y otros grupos religiosos se oponen a matar incluso en tiempos de guerra, y el Gobierno respeta este principio para quienes objetan en conciencia. Pero con esta última decisión, el presidente Obama fracasa en mostrar el mismo respeto a las conciencias de los católicos y de otros que se niegan a tratar el embarazo como si fuera una enfermedad”.

El resto de los obispos ha cerrado filas en torno a Dolan, como ya lo hiciera cuando en 2009 el arzobispo de Nueva York firmara la Declaración de Manhattan junto a la Iglesia Ortodoxa, en la que se animaba a desobedecer las leyes que permiten el aborto, el matrimonio homosexual y cualquier otra cuestión que traspase la delgada línea roja de la conciencia religiosa.

Después de todo lo explicado, el lector entenderá a la perfección -e incluso compartirá- las malhumoradas palabras de su eminencia David Zubik, obispo de Pittsburgh, cuando la pasada semana dejó dicho, y por escrito, que “Kathleen Sebelius, y a través de ella toda la Administración Obama, han dicho ‘Idos al infierno’ a los católicos de los Estados Unidos”. Y quizá también comparta las palabras del arzobispo Dolan en las que advierte, o amenaza, que “tenemos un año para acostumbrarnos a la idea de que tenemos que desobedecer a la ley”.