La aventura de la vida ordinaria

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

Despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien importa más que el hacerlas. Dicho popular 
Desde la fundación del Opus Dei, en 1928, San Josemaría Escrivá de Balaguer nos ha venido a recordar que el trabajo humano no es consecuencia del pecado original sino parte del plan de Dios para todo ser humano. El trabajo de cada día puede resultar novedoso si sabemos meter vida de fe y oración, y el trabajo más valioso será el que se haga con más amor de Dios. Decía el poeta que, en este mundo, todo será de acuerdo al cristal con que se mira.
Hoy puedo amargarme porque tengo que trabajar
o puedo gritar de alegría porque tengo trabajo.
Hoy puedo llorar porque las rosas tienen espinas,
o puedo reír porque las espinas tienen rosas.
Hoy puedo frustrarme porque no tengo dinero,
o puedo estar satisfecho de mi ingenio para ahorrar.
Hoy puedo protestar porque amaneció con lluvia,
o puedo darle gracias a Dios porque el agua existe.
Hoy puedo compadecerme de mi salud
o puedo alegrarme porque el dolor es un don que no merezco.
Hoy puedo pensar que Dios es un espejo del hombre,
o considerar que el hombre está hecho a imagen de Dios.
Hoy puedo tener contradicciones y maldecir la vida,
o puedo ver una ocasión de ayudar a Jesús a llevar su Cruz.
Hoy puedo angustiarme porque tengo una pausa en el día,
o puedo alegrarme porque puedo hacer oración.
Hoy se me ha dado una “vida pequeña” para que la derroche en el placer
o la aproveche buscando el bien de los demás y la felicidad.
La diferencia entre un día “gris” y un día con sentido
depende de la forma cómo se afronta.
El trabajo es precisamente el instrumento que el Señor nos da para ser santos en medio del mundo. Visto con fe –o en otras palabras, con sentido sobrenatural-, cada día, no importa cuán insignificante parezca, adquiere dimensiones divinas cuando se vive en presencia de Dios.
El espíritu del Opus Dei revela una maravillosa realidad, olvidada por centurias, que cualquier trabajo honesto puede convertirse en una ocupación divina y preciosa a los ojos de Dios. Pero el amor no es el único requisito para santificar el trabajo ordinario, es necesario que también esté bien hecho.
San Josemaría no sustituye el trabajo por la oración, al contrario, su enseñanza es que el trabajo bien hecho, ofrecido al Señor, se puede convertir en oración, en conversación continua con nuestro Padre del Cielo.
El trabajo es una ocupación que, normalmente, se disfruta y a través de la cual adquirimos virtudes humanas, y, cuando no se disfruta, se sabe ofrecer a Dios con alegría, sabiendo que será un  sacrificio aceptable pues ha sido hecho por agradar a Dios y por servir a los demás. Se trata de vivir con la conciencia de que cada día normal posee una infinita carga redentora.
El laicismo sostiene que Dios no tiene lugar en ningún sitio, excepto en la Iglesia, y relega a Dios y a la vida espiritual al ámbito de la conciencia. El Opus Dei, por el contrario, impulsa a tratar a Dios en todo momento. . Dios “tiene que ir adonde vamos, tiene que vivir donde vivimos. El mundo y la vida cotidiana tienen que ser su templo”, decía el Cardenal Ratzinger (El pan cotidiano y el pan eucarístico).
Un miembro del Opus Dei suele decir: “Mete a Dios en tu vida ordinaria y en todas tus actividades. Invítalo a que te acompañe a todos los lugares a los que vayas, y cuéntale lo que traes en la cabeza y en el corazón”.
Se trata de vivir con la conciencia de que cada día normal posee una infinita carga redentora. El cardenal Albino Luciani escribía un mes antes de ser elegido Papa: Josemaría Escrivá no enseña “una espiritualidad para laicos”, sino “una espiritualidad laical”·, porque no propone adaptar a los laicos los medios ascéticos propios de los religiosos, sino que invita a los laicos a transformar el trabajo en oración y santidad.
San Pablo dice: “Mirad, ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación” (2 Corintios 6,2). El “tiempo favorable” durará hasta la venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos —en la vida personal de cada uno, hasta el momento de la muerte—; hasta entonces, cada uno de los días es “día de salvación”, ocasión de servir a Dios. Mientras tanto, ninguna adversidad debe apartarnos de este fin. “Nada te turbe, / Nada te espante, / Todo se pasa, / Dios no se muda, / La paciencia / Todo lo alcanza; / Quien a Dios tiene / Nada le falta: / Sólo Dios basta” (Santa Teresa de Jesús, Poes. 30).