Amor a la Eucaristía

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Los Congresos Eucarísticos Internacionales se celebran ordinariamente cada 4 años, en la ciudad designada por el Romano Pontífice. El Congreso anterior tuvo lugar en Roma, en el año 2000. Al concluir, el Santo Padre designó a la Perla Tapatía como la sede siguiente. La Eucaristía es el tesoro más grande de la Iglesia, por eso nunca se meditará bastante sobre ella. La Eucaristía ha sido definida por la Constitución dogmática Lumen gentium como “fuente y cumbre de toda la vida cristiana” (n. 11).  

El Papa dice que quiere suscitar en nosotros el asombro eucarístico porque de ese asombro vivimos.  

En la comunión, el creyente se transforma en un hombre nuevo. Por eso el Papa dice que, “para evangelizar el mundo se necesitan apóstoles “expertos” en la celebración, adoración y contemplación de la Eucaristía” (Juan Pablo II, Educación y misión, 78ª  Jornada Misionare Mundial).  

Jesús deseaba quedarse con nosotros, era su “sueño dorado” y se quedó. Le dice el Señor a una mística francesa, llamada Gabriela Bossis: “¿Te has fijado en que yo no tuve nada mío? Ni siquiera la casa en la cual realicé mi sueño dorado de la Eucaristía…” (El y yo, 1er Cuaderno, n. 298).  

“La Eucaristía —dice Félix María Arocena— representa el don de una generosidad sin límites, el amor llevado hasta el infinito. En ella reside todo el bien de la Iglesia. Es el corazón vivo no sólo de las grandes catedrales, sino también de las pequeñas y pobres cabañas de misiones. Todo parece invitar a que el Año 2004-2205 sea una ocasión excepcional para reencontrarnos con la persona de Cristo, justamente en el momento más decisivo, cuando Quien nos amó primero manifestó su amor hasta el extremo dándose a la humanidad en la Eucaristía. Antes de que el Viernes le arrebataran la vida, para que nadie pueda imaginar que él sucumbe al destino,, la arroja espontáneamente el Jueves sobre la mesa de la Cena, bajo la forma de un pan voluntariamente partido —corpus traditum— y de un vino voluntariamente derramado —sanguis effusus—. Al día siguiente, cuando llegó la muerte, el amor que le llevaba al Calvario, sin esperar a que lo despedacen, se había anticipado”[1].  

En la Eucaristía Jesús es nuestro Amigo. “Yo os he llamado amigos”[2]. Un Amigo de quien, sin dejar de ser Dios, sentimos su cercanía. ¡Qué bien lo intuyó el poeta![3]:  

Ando por mi camino, pasajero,

y a veces creo que voy sin compañía,

hasta que siento el paso que me guía,

al compás de mi andar, de otro Viajero.

No lo veo, pero está. Si voy ligero,

Él apresura el paso; se diría

que quiere ir a mi lado todo el día,

invisible y seguro el Compañero.

Al llegar a terreno solitario,

Él me presta valor para que siga,

y, si descanso, junto a mí reposa.

Y, cuando hay que subir monte (Calvario

lo llama Él), siento en su mano amiga,

que me ayuda, una llaga dolorosa.

El misterio eucarístico es el centro culminante del cristianismo; por él nuestro Señor permanece con una presencia nueva y singular en el seno de su Iglesia, como Víctima perenne en favor nuestro ante el Padre. Por él somos robustecidos en nuestra peregrinación hasta el Monte de Dios. Y deberíamos buscar, en el silencio, su adoración constante.  

San Juan María Vianney predicaba: “Hijos míos, no hay nada tan grande como la Eucaristía. ¡Poned todas las buenas obras del mundo frente a una comunión bien hecha: será como un grano de polvo delante de una montaña!”[4]. Y continuaba: “¡Qué felices son las almas puras que tienen la dicha de unirse a Nuestro Señor en la comunión. En el cielo brillarán como bellos diamantes (...). ¿Qué hace nuestro Señor en el sacramento de su amor? Él coge su buen corazón para amarnos, y de él hace salir un río de ternura y de misericordia para ahogar los pecados del mundo. Sin la divina Eucaristía, nunca habría felicidad en este mundo”.  

El milagro eucarístico de Lanciano  

En el siglo VIII tuvo lugar uno de los más grandes milagros eucarísticos, en la pequeña iglesia de San Legonziano, Italia, por la duda de un monje basiliano acerca de la presencia real de Jesús en la eucaristía.  

Durante la celebración de la Santa Misa, hecha la doble consagración, la hostia se transformó en carne viva así como el vino en sangre viva, agrumándose en cinco glóbulos irregulares de distinta forma y tamaño.  

La Hostia-Carne, como aún hoy se conserva, tiene el tamaño de una hostia grande; es ligeramente parda y adquiere un tinte rosáceo si se ilumina por el lado posterior. Desde 1713, la carne se conserva en un ostensorio de plata. La Sangre está contenida en una rica ampolla de cristal de roca.  

Los Frailes Menores Conventuales tienen bajo su custodia el santuario desde 1252. En la Carne están presentes, en secciones, el miocardio, el endocardio, el nervio vago y, por el relevante espesor del miocardio, el ventrículo cardiaco izquierdo. La Carne es un corazón completo en su estructura esencial. La Carne y la Sangre tienen el mismo grupo sanguíneo: AB, el mismo que el que tiene la Sábana Santa de Turín.  

En la Sangre se encontraron las proteínas normalmente fraccionadas, con la proporción en porcentaje, correspondiente al cuadro sero-proteico de la sangre fresca normal. En la Sangre se encontraron también minerales, tales como cloruro, fósforo, magnesio, potasio, sodio y calcio.  

La conservación de la Carne y de la Sangre, dejadas al estado natural por espacio de trece siglos y expuestas a la acción de agentes atmosféricos y biológicos, es de por sí un fenómeno extraordinario.  

Son innumerables las iglesias en las que Jesús está presente, y muchas veces está solo. Amable lector: Ve a ellas, al menos con tu espíritu, y suple las faltas de amor de los demás. Dile: Ardientemente he deseado venir a verte para decirte que te amo. Déjame ir, Cordero de Dios, a tu altar celestial. Ardientemente deseo consumirte, Pan de Vida. Deja que te ame, y ábreme las puertas de la Vida. ¡Ven, Señor Jesús!  

El holocausto de nuestro cuerpo rendido por el esfuerzo diario, el trabajo, la alegría y las contrariedades de la jornada: todo esto es hostia viva, santa, grata a Dios: ése es nuestro culto racional (cfr. Rom 12,1).

[1] Cfr. Félix Ma. Arocena, Contemplar la Eucaristía. Antología de textos para celebrar los dos mil años de presencia, Rialp, Madrid, p. 16.

[2] Juan 15,15.

[3] J.M. Souvirón (+1904), “Ando por mi camino”, soneto. Cfr. Liturgia de las Horas, Viernes I, Himno Hora intermedia.

[4] José Pedro Manglano, Orar con el Cura de Ars, Desclée de Brouwer, España 2000, n. 5.8, p. 106.