Alegría en el noviazgo

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El ser humano recibe la vida como un don y como una tarea. Está dotado para realizar múltiples actividades y para forjar una personalidad propia. Puede tener buenas o malas amistades que dan lugar a “encuentros” profundos o superficiales.

La sexualidad no es un juguete que podamos tomar o dejar a nuestro gusto. En cuanto entramos en su radio de acción, quedamos sometidos en buena medida a sus leyes implacables.

Según una de estas leyes o constantes, el amor reducido a la pasión va unido con la voluntad de poseer y dominar. Pero una persona no es un objeto que está ahí para que la dominemos, sino un ámbito que nos pide ser respetado. El respeto inspira voluntad de colaboración y de encuentro. Hay que ver: ¿Hay una actitud de respeto y colaboración, o de dominio y manipulación? Esta elección decide si nuestra vida de convivencia seguirá la vía constructiva del éxtasis o la vía destructiva del vértigo.

Las relaciones prematrimoniales responden con frecuencia a una actitud egoísta de dominio, y esto se ve en el hecho deque no pocos jóvenes amenazan a sus novias con abandonarlas si no les muestran su “amor” mediante la entrega sexual. Este chantaje se basa en una confusión interesada de términos. Hablan de “amor” aunque se trate de “pura apetencia”.

Hay casos en que las mujeres acceden. Su decepción es indescriptible cuando advierten que la invitación del novio no respondía sino a puro afán de obtener gratificaciones fáciles. Habían ido a buscar cariño y comprensión... y se encontraron con la hosquedad propia de la sexualidad abandonada a una ansiedad indómita.

Psicólogos experimentados afirman que, al precipitar las relaciones sexuales –vividas a menudo como una toma de posesión del misterio fisiológico y psicológico de la otra persona-, se cierra prematuramente la etapa de la ternura, del acceso pudoroso a la intimidad ajena. El pudor salvaguarda la propia dignidad.

La impaciencia destruye la armonía interior. Las relaciones sexuales devaluadas producen desencanto y desazón porque desajustan los ritmos naturales de la propia vida. La intimidad hemos de ganarla pacientemente. No podemos ser amigos íntimos en una hora.

La persona generosa sabe esperar. Sólo el que es generoso ama incondicionalmente, y amar incondicionalmente es amar siempre. Un amor condicionado no es verdadero amor; se reduce a mera apetencia y pasión. Hay que disfrutar más del alma que del cuerpo. La persona generosa sabe renunciar a la libertad de saciar los instintos de forma inmediata –sin compromiso-, pero implica una ganancia notable: el logro de la libertad interior necesaria para establecer con la persona amada un vínculo de amistad.

La unidad matrimonial se logra integrando cuatro aspectos: amistad, unión de proyectos, sexualidad y fecundidad de la unión amorosa. La tarea de mantener la unidad matrimonial es ardua: exige una tensión creadora constante, no se concluye nunca y retribuye a los casados con una gratificación correlativa a su esfuerzo y perseverancia. Pero el esfuerzo ha de ser de los dos, y concede al final el ciento por uno. La felicidad de la vida matrimonial depende de la disposición para asumir estos principios: “La persona que comparte la vida conmigo me invita a colaborar. Mi actitud para con ella no debe ser dominadora y manipuladora, sino respetuosa y creativa”. Si ajusto mi conducta a estos principios, puedo crear una relación de verdadera amistad, fundar un auténtico hogar y dar vida a nuevos seres.

El gran Beethoven confesó que para él “lo más bello del mundo era un rayo de sol atravesando la copa de un árbol”. Sin esta sensibilidad, difícilmente se tendrá la energía interior ser creativos y generosos.

Luego, además de tener una sensibilidad fina, hay que crear relaciones valiosas con los demás y cultivar poco a poco las virtudes humanas: el optimismo, la fortaleza, la prudencia, la templanza, la sencillez... No cuidar la puntualidad, por ejemplo, es falta de buen espíritu y de consideración.