Al héroes desconocido


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Si al leer el título estás pensando en los dobles de cine, en soldados de las fuerzas armadas o en algún misionero en el África, te equivocas. Esta vez se trata de Raúl, el bombero. Murió hace pocos años y su esposa me contaba que siempre fue un hombre valiente que no dudó jamás en arriesgar su vida por salvar la de otros. Ella me narró la ocasión en que todo un edificio se cubrió en lenguas de fuego y nubes de humo negro brotaban de las ventanas. En el tercer piso se encontraba una señora con un niño en brazos queriendo saltar por la ventana. Abajo, en la calle la gente gritaba desesperada: ¡Se queman vivos! ¡Socorro! ¡Llamen a los bombero! Esa vez Raúl llegó en el carro de bomberos y sin medir el peligro se trepó por un costado del edificio, se desplazó por el alfeizar, sujetó a la mujer y al niño evitando una desgracia y luego los descolgó por una larga escalera que se apoyaba sobre la cornisa. El último en descender fue Raúl. La muchedumbre lo aclamó con vítores y la señora que había salvado su vida con lágrimas en los ojos le dijo a su hijo: estrecha la mano de este hombre, y recuérdalo siempre, porque en los millares de manos que estreches en tu vida, no habrá tal vez, diez que valgan lo que la suya.