Al combate de la pederastía

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La Iglesia católica ha tenido que enfrentar en la últimas décadas una dura crisis, provocada por la conducta de algunos clérigos que abusaron de menores y que fueron encubiertos por las autoridades eclesiásticas y –en ocasiones– también por las civiles. El Papa Benedicto ha tenido la valentía de enfrentar este grave problema, sin ocultar la verdad.
 
La crisis de los sacerdotes pederastas requiere de un enfoque ponderado, porque los eclesiásticos que han cometido este grave delito son una pequeña parte del clero mundial, y porque la Iglesia sí ha tomado muchas medidas tanto para buscar la erradicación de este problema, como para atender a la víctimas. [Ver dossier del Vaticano: “La respuesta de la Iglesia”]
 
La actual normativa de la Iglesia sobre el tema de los abusos sexuales a menores por parte de clérigos es muy estricta y está diseñada para ayudar a las víctimas. Pero es poco conocido que en la elaboración de estas normas el Card. Ratzinger tuvo un papel muy relevante.
 
El primer paso consistió en que el entonces Prefecto para la Doctrina de la Fe envió una carta, fechada el 19 de febrero de 1988, en la que alertaba que el sistema penal establecido apenas cinco años antes, en 1983, –debido a la complejidad de procedimientos requeridos– no facilitaba expulsar a los sacerdotes que fueran “culpables de graves y escandalosos comportamientos”.
 
A esta carta siguió una reforma en la Curia romana, el 28 de junio de 1988, en la que  establece claramente la jurisdicción penal exclusiva de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF), respecto de los “delitos más graves cometidos contra la moral”, procediendo “a declarar o imponer sanciones canónicas a tenor del derecho”.
 
Luego el Card. Ratzinger tuvo otras dos intervenciones importantes. Una fue la preparación, hacia finales de los años noventa, de las Normas sobre los denominados “delicta graviora”, que tipificaron cuáles son los delitos contra la moral “particularmente graves”, y así se estableció que los casos de abusos a menores por parte de sacerdotes fueran de la exclusiva competencia de la CDF.
 
Y la segunda iniciativa del entonces Prefecto modificó el modo de la aplicación del derecho penal en la Iglesia, ya que solicitó del Papa facultades especiales que le permitieran intervenir por vía administrativa en este situaciones penales, ahorrándose así los largos procesos. [Ver: Juan Carlos Arrieta, Un papel determinante, 2.XII.2010]
 
Y ya como Pontífice, el Papa Ratzinger siguió esta misma línea de enfrentar directamente los abusos cometidos. Son muy significativas la suspensión del Padre Maciel, y la petición de la renuncia a varios obispos irlandeses, que se habían limitado a cambiar de parroquia a los clérigos pederastas, sin suspenderlos de sus funciones. [Ver mi dossier sobre la cobertura mediática del Papa y la pederastia]
 
Benedicto XVI ha tenido el valor de reconocer que esta crisis “no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia y que la Iglesia, por tanto, tiene una profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender, de una parte, el perdón, pero también la necesidad de la justicia” (11.V.2010).
 
Ante esta claridad, las reacciones no se hicieron esperar y confirmaron la gran valentía del Papa. El vaticanista español, Miguel Mora, conocido por anticlerical, escribió que “cuando el escándalo de la ocultación de la pederastia clerical ha generado la peor crisis de la Iglesia católica en décadas, Ratzinger ha dado lo mejor de sí mismo y ha liderado, con un coraje y una ferocidad de gladiador solitario, impropios en un hombre de 83 años” (“El gladiador solitario”, 12.V.2010).