Adiós al limbo


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El limbo quedará únicamente para los despistados y los distraídos, pero dejará de ser el destino de los niños que mueren sin alcanzar la gracia del bautismo, como se pensaba en la edad media. El problema estaba en que siendo el bautismo la puerta de la salvación, los bebés no bautizados no podían ser condenados a las penas del infierno, como tampoco podían pasar a gozar del cielo. De aquí nació el limbo como un estado intermedio. Tomando pie de las palabras de Jesús en el evangelio: “Dejad que los niños vengan a mí” (Mc. 10,14) Esto ha quedado resuelto. “Porque sus ángeles están contemplando continuamente el rostro de Dios Padre que está en el cielo” (Mt. 18,10) Pero para nosotros, apreciado lector, esto no aplica porque bastante consciencia tenemos de nuestros actos, de los buenos y de los malos. Para los buenos nos aguarda el premio, para los malos nos resta la confesión sacramental. Algunos dicen confesarse directamente con Dios, pero jamás estarán ciertos de haber sido perdonados. Otros se confiesan consigo mismos. Recuerden que “el hombre que se tiene a sí mismo por abogado, tiene a un tonto por cliente”. Necesitamos la confesión para limpiar el alma y hasta por salud mental.