Aconseja un libro y nos habla desde una plaza

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¿Insólito? Al menos creo que no es frecuente que el Papa aconseje un libro recién publicado, ni tampoco que recorra las calles de Roma -con su tráfico veloz, abundantes carros pequeños y motonetas que parecen volar sobre el pavimento- para dirigirnos la palabra en una de sus plazas.

Este miércoles, sin embargo, Benedicto XVI hizo unas excepciones, primero, al recomendar el libro “Una civilización del amor”, del caballero supremo de los Caballeros de Colón. Carl Anderson. El pontífice confiesa su esperanza en que esta “iniciativa editorial suscite una renovada fidelidad a Cristo y un generoso testimonio evangélico”.

“Como católicos, somos llamados a amar a todos, especialmente a aquellos que están en riesgo en nuestra sociedad: el inmigrante, el nonato, el discapacitado, el pobre”, había declarado Carl Anderson con desafío este 16 de septiembre a los 1,400 asistentes a su anual conferencia en Los Ángeles. “Todos somos llamados a construir una civilización del amor”. Ahora se publica su libro.

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¿No sería oportuno tomar a la letra este gesto de Benedicto XVI durante esta Navidad 2009 y en el Año Nuevo? ¿Cómo? Regalando “ese libro” y “esa película” que nos han agradado tanto personalmente y en familia, para compartirlos con las familias amigas. Al preguntarme qué libro regalar no he dudado en elegir ahora “El hombre de Villa Tevere”, de Pilar Urbano. Y me gustaría imitar a Jorge que reunió a sus numerosos compañeros de Preparatoria en casa para ver juntos y comentar la película “El Estudiante”, gracias al video que sus papás han comprado.

Uno de esos alumnos, al felicitar esta Navidad a Benedicto XVI lo va a invitar a que organice allá una sesión privada para ver y comentar “El Estudiante”, la impresionante película mexicana que se proyecta semanas y semanas aquí, en nuestros cines, y se vende ya en CVD. ¿Acompañamos al Papa?

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En la tarde del mismo miércoles 8, el Santo Padre fue a las 16:15 a la romana Plaza de España para rendir homenaje a la Virgen Inmaculada en la estatua de María colocada sobre una alta columna. Ante la Imagen bendijo una cesta de rosas que fue colocada en el pedestal de la columna, en presencia de miles de fieles y preguntó: “¿Qué dice María a la ciudad? ¿Qué nos recuerda con su presencia?”. Tras una breve pausa: “Recuerda que donde ha abundado el pecado, pueda abundar todavía más la gracia. La Inmaculada repite a la humanidad de nuestra época: ¡No tengan miedo!”.“¡Qué falta nos hace esta noticia! -exclamó el Santo Padre-... “Cada día, a través de los periódicos, la televisión, la radio, el mal se describe, se repite y amplifica, habituándonos a las cosas más horribles, volviéndonos insensibles y de alguna forma, intoxicándonos, porque la negatividad no se elimina del todo y se acumula día tras día. Por eso la ciudad necesita a María, que (...) nos lleva a esperar aún en las situaciones más difíciles”.El Papa recordó que en las ciudades “viven -o sobreviven- personas invisibles que de vez en cuando saltan a las primeras páginas, o a las pantallas, y son explotadas hasta el final, hasta que la noticia y la imagen llaman la atención. Es un mecanismo perverso, al que por desgracia, es difícil resistir. La ciudad primero esconde y después expone al público. Sin piedad, o con una falsa piedad, cuando en cambio (...) cada historia humana es una historia sagrada y exige el más grande respeto”.“La ciudad somos todos”, subrayó Benedicto XVI... “Todos contribuimos a su vida y su clima moral. (...) En el corazón de cada uno está la frontera entre el bien y el mal. (...) Los medios de comunicación tienden a darnos siempre el papel de ‘espectadores’, como si el mal tuviera que ver sólo con los demás y a nosotros no nos pudiera suceder nunca nada. En cambio, todos somos ‘actores’ y, para bien o para mal, nuestro comportamiento influye en los demás”. Después de pedir a María Inmaculada que nos ayude a “redescubrir y defender la profundidad de las personas”, el pontífice rindió homenaje a todos aquellos que “en silencio (...) se esfuerzan en practicar la ley evangélica del amor, que mueve el mundo (...). Hombres y mujeres de todas las edades que saben que no sirve para nada condenar, lamentarse, o recriminar, sino que vale más responder al mal con el bien. Esto cambia las cosas; o mejor dicho, cambia a las personas, y por tanto, mejora la sociedad”.