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LA PEQUEÑA.
Era pequeña y no sabia lo que
iba a ser,
y una voz se iba adueñando de
ella.
Su madre le enseñó a escoger
siempre lo que está bien
y la gracia de Dios llovía
sobre su tierra.
Le gustaba rezar y un poco
menos estudiar,
jugaba con sus compañeras como
las demás,
y entre juegos y libros se iba
haciendo mujer
y esa voz seguía creciendo sin
saber por qué.
"Y tú, ¿no has pensado
en ser de Dios?",
le dijeron un día, y calló a
duras penas.
"Y tú, ¿no has pensado
en ser de Dios?",
y una inquietud cruzó su alma
por vez primera.
Los años pasaron de prisa por
la pequeña,
y creció, como su sonrisa y su
pureza.
Todos veían un no-sé-qué en
ella
que recordaba a María sólo
con verla.
Ella ignoraba su perfume y su
belleza
y todavia jugaba con las
estrellas,
pero esa voz seguia oyéndose
con fuerza,
Alguien llamaba insistente a su
puerta.
"Y tú, ¿no querrías ser
de Dios?",
una emoción turbó su calma y
se sonrojó.
"Y tú, ¿no querrías ser
de Dios?",
se clavaron estas palabras en
su corazón.
No conocía rencor ni envidia
la pequeña,
las cartas siempre boca arriba
eran su regla.
Aunque un poquito presumida,
era discreta,
sabía bien lo que quería el
Cielo de ella.
Su familia tenía un tesoro en
la pequeña,
todos soñaban sueños de oro
para ella,
pero muy pronto les sorprendería
verla
dejarlo todo por seguir la
senda estrecha.
"Y yo, ¿no tendría que
ser de Dios?",
se preguntó mientras rezaba en
su habitación.
"Y yo, ¿no tendría que
ser de Dios?",
la Virgen escuchó en el cielo
su humilde oración.
Y tú, ¿no tendrías que ser
de Dios?
Acaso seas la pequeña tú de
esta canción.
Y tú, ¿no tendrías que ser
de Dios?
Si hoy Él llamara a la puerta
de tu corazón... |