2012: el último cataclismo

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Según una interpretación del calendario de los mayas,  el 21 de diciembre de 2012 nuestro mundo arribaría a su final. Esta  profecía viene a ensanchar la larga lista de finales que se le han diagnosticado a nuestra humanidad.

 

Los judíos del 70 D.C. creyeron presenciar el fin de los tiempos cuando los romanos arrasaron  la Ciudad Santa. La Edad Media se llenó de oscuros presentimientos al sentir la cercanía del año 1000. En Siglo de las Luces, el sueco Emanuel Swedenborg pronosticó que el cataclismo final sería en el año 1757.  Nosotros, por nuestra parte, dotados de la aceleración de los medios de comunicación, hemos temblado ante tres cifras terribles: 1999, 2000, y ahora, el inminente 2012.   

 

Llama la atención la paranoia colectiva que genera este tipo de profecías. Es memorable el escueto título de la película 2012, un film cuyo mérito no ha estado tanto en la originalidad como en la difusión de la pandemia apocalíptica. Por otra parte,  basta indicar las continuas consultas a las que ha tenido que responder  la NASA sobre la relación entre el 2012 y el fin del mundo.

 

Todo parece señalar que el terror por el fin de los tiempos es un fenómeno que llevamos bien arraigado en nuestra naturaleza. Para preservarse de esta tragedia muchas culturas construyeron sus calendarios basados en visiones cíclicas del tiempo. De esta manera, el  esplendor original, la decadencia y la ruina final, se cedían el puesto en un constante reiniciar de ciclos. Esta fue, por ejemplo, la perspectiva con la que los mayas trazaron su calendario.

 

Para estos indígenas, como para muchas culturas antiguas,  el tiempo era una realidad viviente, no una mera sucesión homogénea de minutos, horas, días, etc. Figuras como el dios Cronos (del griego Krònos =tiempo), padre de Zeus en la cultura griega, o el monumento El entierro del Tiempo, del Museo de Antropología de México, nos revelan esta particular visión de los antiguos.

 

La cultura occidental ha desmontado todos esos mitos y ha reducido el tiempo a pura medida.  Nuestro tiempo es una sucesión continua y numerable. El de los antiguos era un ser dotado de fuerza cósmica capaz de generar y destruir.

 

Nosotros, aprisionamos el tiempo en nuestros relojes y lo dominamos en nuestros cálculos y estadísticas. Los antiguos, sentían una honda reverencia ante el paso de las estaciones y las generaciones. Al hombre de hoy le preocupa la agilidad de los procesos  y le obsesiona la eterna juventud. Para los antiguos, contaba más la reflexión y la experiencia de las muchas canas. 

 

Divide y vencerás, ha dicho Julio César. En esta máxima parece descansar el triunfo del hombre moderno  sobre el tiempo.  Sin embargo, las mitologías del pasado tienen mucho que enseñarnos todavía. Una de sus más fructuosas lecciones es la consideración  del tiempo como una realidad personal, no entendida ya como una personificación externa, sino como la honda raíz temporal que atraviesa nuestro ser, nuestra propia persona. “El tiempo no está fuera de nosotros, ni es algo que pasa frente a nuestros ojos” –ha dicho un poeta- “nosotros somos el tiempo”.  A pesar de que cada año  arranquemos hojas al calendario, no son los meses y los años los que pasan, somos nosotros, es nuestra vida la que va pasando.

 

Podríamos decir que la vida es un tiempo cuyo ritmo armónico lo marcan nuestras buenas obras. Nuestra existencia ocupa un espacio reducido en el tiempo y no hay nada más urgente en nuestra vida que esa tarea continua de construirnos como personas. Esta consideración del tiempo como algo intrínseco a nosotros nos invita a asumir la vida con una profunda responsabilidad sobre nuestros propios actos.

 

Por eso, al festejar el inicio de cada año, es saludable considerar la nueva oportunidad que nos otorga el tiempo con sus posibilidades. Posibilidades para amar, para servir a los otros, para luchar por unos ideales, para ser mejores. De esta manera, deberíamos recibir, con la reverencia de los antiguos, el nacimiento de un nuevo  año, confiados en que el aprovechamiento intenso del presente nos puede traer mucho más provecho que las angustiosas cavilaciones acerca de un cataclismo final.